Un susurro ahogado en mi garganta. Dos palabras que
jamás llegarás a oír porque soy demasiado cobarde para confesar lo que siento.
Miradas furtivas cuando estas distraído, sonrisas fugaces y cuentos de hadas
que se inventa mi cabeza para no enloquecer. Sueño con tu voz y fantaseo con
tus besos. Imagino tus caricias y las siento en mi piel cuando sopla el viento.
Hago fotografías en mi mente de cada uno de tus movimientos y las guardo en un
cajón de mi alma. Muero cuando estas con ella, resucito cuando me llamas, de
madrugada, contándome que te ha hecho daño de nuevo. Y espero, como una nueva
Taylor Swift a que te des cuenta de que deberías estar conmigo.
Pero he aprendido que la vida no es un cuento de
hadas, un videoclip o una película. En el mundo real los sueños se nos escapan.
Los zapatos de cristal no encajan en el pie correcto, las bestias y las ranas
no se transforman en apuestos príncipes, no mueres y despiertas con un beso.
Los corazones se rompen y las ilusiones desaparecen, y hay que aprender a vivir
con eso. Porque a veces hay que conformarse con ser solo amigos, con amar a esa
persona en silencio para que pueda ser feliz. No todas las historias terminan
como deberían.
Yo antes era así. Yo soñaba con mi propia historia de
cuento de hadas, con mi beso de amor verdadero y mi “felices para siempre”.
Pero un día me di de bruces con la realidad, perdí el equilibrio y caí al vacío.
También estuve en el fondo del mundo, donde dejé de creer en el amor. ¿Si no
existen las historias perfectas, sigue existiendo el amor? Y aun así, seguía
esperando que te dieras cuenta de cómo deberían ser las cosas, de que no habías
tomado la decisión correcta. Y soñaba con que vendrías a rescatarme de aquel
pozo sin fondo.
Y sin embargo nunca viniste. Así que tuve que
rescatarme a mí misma. Empecé a vivir de los pequeños momentos, a conformarme
con la felicidad en frascos muy pequeños. Instantes efímeros de pura felicidad
embotellados y sellados, que fueron reemplazando tus recuerdos en el cajón de
mi alma. Hasta que salí del agujero negro y volví al mundo, que ahora no era
solo gris en los malos momentos, o rosa en mis fantasías. Ahora tenía un sin fin de colores. Verde que
da esperanza, azul de tranquilidad, blanco de paz, amarillo de amistad…
Quizá el mundo no fuera como yo lo recordaba, pero
estaba claro que yo también había cambiado.
Alexia.



